La Inclusión Intolerante
- Axelo Mar

- 22 abr
- 2 Min. de lectura
Actualizado: hace 7 días

Había una vez, hace mucho tiempo, una sociedad reprimida por su gobierno, su moral, sus costumbres, su ignorancia, su corrupción y también por su religión. En aquella época, había que cuidar lo que se decía. Bien podían despedirte, golpearte o incluso matarte solo por expresar algo “inapropiado”.
El gobierno utilizaba los medios de comunicación como voceros de su propaganda y censura. Se vetaba a bandas o artistas que se atrevían a alzar la voz, y el arte urbano se convirtió en uno de los pocos medios de expresión sin censura.
Conforme creció la accesibilidad a Internet, la situación comenzó a cambiar de manera exponencial. Surgió una “revolución moral”, impulsada en gran parte por las redes sociales, que abrió paso a medios alternativos, discursos yuxtapuestos a los tradicionales y formas de censura autoimpuesta.
Así fue como todo comenzó. Primero llegaron los videos de borrachos “graciosos”, los creadores de contenido, los memes, los pódcast y los blogs. Estos últimos, aunque fueron de los primeros medios de difusión en Internet, eran menospreciados por el esfuerzo que implicaba leerlos.
Con la nueva ola de contenidos e “influencers”, los blogs se volvieron clave para que las marcas fortalecieran su presencia en línea; podíamos comunicarnos a gran escala, organizarnos para impulsar cambios significativos, apoyar en desastres, compartir noticias y emprender nuevos proyectos, pero nada es para siempre.
El contenido “viral” que tanto nos atrae funciona precisamente por su simplicidad: es tan básico y superficial que hasta la persona con menor nivel educativo o capacidad de razonamiento puede entenderlo.
Y así fue como todo comenzó a degradarse. Pronto todos descubrieron que una opinión en masa tenía más fuerza que una voz independiente. Pero, ¿realmente tenemos la capacidad moral e intelectual para juzgar? Y más aún, ¿en masa?.
Estudios han demostrado que la persona más básica de un grupo termina representándolo. Solo basta mirar a nuestros gobernantes para comprobarlo.
Hoy vivimos en una sociedad autocensurada que, en su búsqueda de inclusión, excluye todo lo que va a contracorriente. Una sociedad que se fragmenta en subculturas, que patologiza comportamientos y busca validarlos; que victimiza a grupos vulnerables y agrede a quienes no están de acuerdo.
Internet se ha convertido en un teléfono descompuesto. Se puede compartir un movimiento o una propuesta política, económica o social con potencial para cambiar el mundo; pero, por nuestra naturaleza, suele terminar distorsionada o incomprendida. Se vuelve “tendencia” y nos lleva de la censura a la autocensura.
FIN
- Axelo Mar.